La Misión de Dios Parte 3: El Sacerdocio Universal y el Peligro de Convertir a la Misión en Ciencia

En las primeras dos partes de esta serie respondimos a las preguntas: ¿Qué es la misión de Dios? y ¿Cuál es el rol de la iglesia en esta misión? En esta tercera y última parte estaremos respondiendo a estas preguntas:

 

1)    ¿Qué implicancias tiene todo esto para la iglesia y el “missio Dei” en el Latinoamérica (y entre latinos en Estados Unidos) de hoy?

2)    ¿Qué pasos podemos tomar para ayudar a la iglesia a participar de manera madura en la misión de Dios?

 

Reconozcamos los vacíos en nuestra teología y en nuestro misionar

 

Todos tenemos puntos ciegos. Muchos de nosotros quizás nos hemos enfocado más en una de las tres áreas de misión (proclamación, afirmación o demostración) dejando a un lado a una o dos de las otras. Quizás como iglesia hemos predicado mucho de Cristo, pero no hemos sido abiertos a la posibilidad de ver el poder del Espíritu Santo mediante sanidades físicas y emocionales. O tal vez hemos enfatizado acción social y el cuidado hacia los pobres, pero no hemos sabido explicar la centralidad de Cristo y su cruz para salvación eterna con palabras. E mensaje verbal del evangelio tiene un papel central y no opcional. Es sumamente importante que nuestro misionar sea íntegro y también incluya los otros aspectos de la misión. Para los que nos identificamos como Reformados es importante darnos cuenta de que podemos caer en la tentación de predicar de la justicia de Dios que se nos es dada por gracia, pero no practicar esa misma justicia en nuestra sociedad entre los más necesitados.

 

En Latinoamérica donde todavía predomina un alto nivel de pobreza, nuestro evangelio debe tener respuestas a las principales preguntas de las personas a las cuales estamos sirviendo. Como, por ejemplo: ¿Cómo puedo salvarme? al mismo tiempo de: ¿dónde voy a comer el día de hoy? y ¿cómo puedo tener esperanza tanto para mi vida terrenal como para mi vida eterna? Es aquí donde es importante una teología del Reino. Debemos preguntarnos, porqué un continente tan evangelizado continúa a la vez teniendo tanta pobreza, corrupción e injusticia.

 

Otro riesgo similar es una misión con un mensaje poco profundo o bíblico. Un gran desafío en Latinoamérica es el hacer misión con un evangelio “lite” que convierte a muchos pero transforma a pocos. Misión no es sólo crear nuevos creyentes, sino formar discípulos. Esto implica que el mensaje que se predique debe ser bíblico y claramente centrado en el evangelio. Tristemente (como el movimiento reformado en Latinoamérica ha reconocido) hay mucha necesidad de explicar nuevamente a la iglesia las doctrinas básicas del evangelio bíblico, como las de gracia, justificación por la fe, etc, en un contexto en el cual la misión ha sido muchas veces confundido por una promesa de prosperidad y “superación personal.”

 

A modo de evaluar nuestro andar como iglesia quizás debamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué áreas de la misión (proclamación, afirmación y demostración) nos son más difíciles como congregación o denominación?

 

Evitemos caer en una: “Ciencia de Misión”

 

Es fácil pensar en la misión como si tuviera una metodología en particular o fuera una ciencia específica. El mundo de “plantación de iglesias” -influenciado en particular por una filosofía modernista- corre este riesgo. Dicen "has esto y después esto, en cierto tiempo, y este será el resultado". Así quizás es como funciona una fábrica de plástico, pero no es como funcionan las cosas del Espíritu, el mundo de las almas, las emociones, y la guerra espiritual.

 

Esta mentalidad de “la Ciencia de Misión” conlleva muchas veces una dependencia de recursos externos: líderes, dinero, edificios, preparación formal académica y estrategias humanas. Muchas veces en Latinoamérica estos recursos externos han venido, tristemente, de países del primer mundo; de contextos donde hay más recursos económicos, pero no necesariamente más fruto en la misión. Obviamente todas estas cosas buenas pueden ser de ayuda, pero la tentación en Latinoamérica ha sido depender de ellas. Por ello, sutilmente, podría entrar la idea de que “no tenemos lo necesario para hacer misión.”

 

Por eso me encanta tanto el ejemplo de los moravos que compartí en el primer blog, un grupo pequeño de pobres refugiados que han “trastornado el mundo entero” (Hechos 17:6) como los primeros discípulos.

 

No debemos olvidar que Cristo, cuando envió a los discípulos, los envió de una manera que va en contra de muchas de las estrategias de plantación de iglesias expuestas en los libros y movimientos más de moda hoy: “No lleven nada para el camino: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, ni dos mudas de ropa —les dijo—. En cualquier casa que entren, quédense allí hasta que salgan del pueblo.” (Lucas 9:3-4). Un principio misional clave es la dependencia del Espíritu Santo que provee para el misionero aun a través de las personas que está alcanzando. En el movimiento de plantación de iglesias del cual soy parte (Caminemos Juntos) tenemos un dicho: “Los recursos están en la cosecha.” Tenemos otro similar que repetimos mucho: “Nuestro principal recurso es el Espíritu Santo.”

 

Es necesario entonces preguntarnos: ¿Cómo podemos practicar misión de una manera que de verdad refleje una teología en la que el Espíritu Santo es el principal misionero?

 

Creo que la respuesta debiera contemplar los siguientes elementos:

 

1.     Orar. La oración (y el ayuno) es la manera en la cual practicamos dependencia. Nuestro principal trabajo misionero debe ser siempre la oración. La estrategia y los planes deben surgir de la oración y siempre mantener una flexibilidad de adaptarse a lo que el Espíritu está haciendo y diciendo en el camino (Hechos 16:6-10).

2.     Debemos evitar depender de recursos externos para la misión. La dependencia de recursos externos no sólo limita lo que el gran misionero y misiólogo anglicano Roland Allen[1] llama la “expansión espontánea de la iglesia” sino que nos lleva a poner nuestra fe en algo que a fin de cuentas no salva. La iglesia en Latinoamérica tiene el desafío de romper con siglos de dependencia de las iglesias de países económicamente más desarrollados y en su lugar comenzar a trabajar de una manera autosuficiente y, a la vez, en unida colaboración con el resto de la Iglesia mundial.

3.     Debemos ver a todo cristiano bautizado, a toda la iglesia, como agente de misión por tener al Espíritu Santo. Esto es una implicancia de la doctrina del “sacerdocio universal” que tanto impacto tuvo en la Reforma.

 

Reconozcamos que la iglesia tiene la responsabilidad principal tanto de preparar para la misión como de misionar

 

Corremos un gran riesgo al darle un alto valor a la misión y hablar sobre ésta en términos románticos o heroicos o de formar cristianos que piensan que son como los "llaneros solitarios" de la misión. En el mundo cristiano de las redes sociales es fácil encontrar fotos y publicaciones de auto-designados “héroes” en la misión. Fotos de individuos saliendo en aviones o con maletas en mano para tierras lejanas o de “plantadores de iglesia” con la Biblia en mano evangelizando a solas en las calles, como si ellos mismos pudieran plantar una iglesia y salvar al mundo con su trabajo personal.  Nuevamente es interesante que Jesús sopla sobre sus discípulos cuando estaban reunidos t los envía juntos como una comunidad unida en misión. “Yo los envío a ustedes” (v.21) y juntos recibieron la misión y empoderamiento que se derramaría en pleno el día de Pentecostés. En los evangelios Jesús siempre envía por lo menos de “dos en dos” y en Herrnut no fue sino hasta que la comunidad se unió y reconcilió que nuevamente fueron enviados en misión. Una de las mayores dificultades misionales de la iglesia en Latinoamérica es la división y la competencia que existe entre denominaciones e incluso entre cristianos de la misma denominación.

 

Comprendamos entonces que la misión es una responsabilidad y un privilegio de la iglesia en su totalidad y sus líderes deben “capacitar al pueblo de Dios para las obras de servicio…”(Ef. 4:12) Como hemos dicho, el mundo para-eclesiástico -y esto incluyó seminarios y otros ministerios- tendrán una función y un papel clave, pero siempre debiera estar escondido y secundario a la labor de la iglesia. Tristemente muchas veces la iglesia ha delegado la responsabilidad de capacitación a otros porque no ha sabido como hacer el trabajo básico de hacer discípulos.

 

Esto evidencia la necesidad de que la iglesia recobre un discipulado integral.

 

Durante este serie de blogs hemos visto la urgente necesidad que la iglesia en Latinoamérica (y la iglesia latina en Estados Unidos) recobre un discipulado integral. Todo creyente en su bautismo no sólo está autorizado a ir directamente a Dios en oración sino también está comisionado para misionar. La iglesia tiene la responsabilidad de equipar, preparar y también de enviar a todo cristiano en esta misión. El cristiano desde el momento de su bautizo ya puede misionar. Como dijo famosamente C.H. Spurgeon: “Todo cristiano es un misionero o es un impostor.’ Si la iglesia puede recobrar tanto esta responsabilidad como esta capacidad de hacer discípulos, nacerá, estoy convencido, una nueva pasión por y una nueva etapa poderosa de la misión de Dios. 


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[1] Roland Allen fue uno de los primeros en promulgar la idea de los tres “autos” de la iglesia en misión en su libro La Expansión Espontánea de La Iglesia: auto-suficiencia, auto-gobierno, y auto-propagación en contraste con el colonialismo de la misión de su tiempo.